Abres el correo «solo un momento». Contestas un mensaje. Vuelves al informe. Miras el móvil porque ha vibrado. Vuelves al informe… y te das cuenta de que llevas diez minutos leyendo el mismo párrafo. Al final del día has estado ocupado todo el rato, pero tienes la sensación de no haber avanzado en nada importante.
No es que te falte disciplina. Es que tu atención no funciona como un interruptor que se enciende y se apaga al instante. Cada vez que saltas de una tarea a otra pagas un pequeño peaje, y la investigación lleva más de veinte años midiéndolo.
Cambiar de tarea cuesta tiempo (aunque no lo notes)
En 2001, los psicólogos Joshua Rubinstein, David Meyer y Jeffrey Evans pidieron a varios grupos de adultos jóvenes que alternaran entre tareas sencillas, como resolver operaciones o clasificar figuras geométricas. Compararon lo que tardaban cuando repetían la misma tarea con lo que tardaban cuando tenían que cambiar. El resultado fue claro: cada cambio añadía tiempo, y ese coste crecía cuanto más complejas o menos familiares eran las tareas (Rubinstein et al., 2001).
Hablamos de fracciones de segundo por cambio, así que puede parecer poca cosa. Pero piensa en cuántas veces saltas de una cosa a otra en una mañana normal. Esos pequeños retrasos se suman, y no son lo único que se pierde.
Lo que de verdad se pierde: el «residuo atencional»
La profesora Sophie Leroy, de la Universidad de Washington, se preguntó por qué nos cuesta tanto rendir justo después de cambiar de tarea. En sus experimentos observó que, cuando dejamos algo a medias, una parte de nuestra mente sigue enganchada a ello. Lo llamó residuo atencional: los pensamientos sobre la tarea anterior siguen ocupando espacio mientras intentamos concentrarnos en la nueva, y el rendimiento en esta segunda tarea baja (Leroy, 2009).
Dicho de otro modo: no solo pierdes el tiempo del cambio. Durante un rato trabajas con «media cabeza», porque la otra media sigue pensando en el correo que no has terminado de contestar.
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Ir más rápido no es lo mismo que trabajar mejor
Hay un dato curioso que conviene conocer. En un estudio de la Universidad de California, Irvine, Gloria Mark y su equipo pidieron a 48 personas que respondieran una serie de correos de trabajo. A algunas se las interrumpía con llamadas y mensajes; a otras, no. Las personas interrumpidas terminaron antes y sin cometer más errores. Parece una buena noticia, ¿verdad?
No tanto. Esas mismas personas declararon sentir más estrés, más frustración, más presión de tiempo y más esfuerzo que las que trabajaron sin interrupciones (Mark et al., 2008). Compensamos las interrupciones acelerando, y esa aceleración se paga con desgaste. Quizás eso explique por qué algunos días acabas agotado sin haber hecho nada «tan difícil».
Cómo proteger tu foco: cuatro ideas con respaldo
La buena noticia es que no hace falta irse a vivir a una cabaña sin cobertura. Unos pocos ajustes ayudan mucho.
1. Agrupa las tareas parecidas
Si cada cambio tiene un coste, la forma más sencilla de ahorrar es cambiar menos. Reserva un par de momentos al día para el correo y los mensajes en lugar de mirarlos cada vez que llegan, y junta las gestiones pequeñas (llamadas, pagos, recados) en un mismo bloque. Así pagas el peaje una vez, no veinte.
2. Antes de cambiar, deja una nota de «dónde me quedé»
Este es quizá el truco más útil, y viene de la propia Sophie Leroy. Junto a Theresa Glomb comprobó que, cuando alguien tiene que interrumpir una tarea, dedicar unos segundos a apuntar en qué punto la deja y cuál será el siguiente paso reduce el residuo atencional. Quienes lo hacían rendían mejor en la tarea que había interrumpido la primera (Leroy y Glomb, 2018). Lo llamaron plan «listo para retomar».
En la práctica, basta con una línea en un pósit o al final del documento: «Me quedé en el apartado 3. Siguiente: revisar las cifras de marzo». Tu cerebro entiende que el asunto está bajo control y te deja centrarte en lo nuevo.
3. Decide de antemano qué harás y cuándo
Mucho tiempo se va en decidir qué hacer a continuación. Una herramienta muy estudiada son las llamadas intenciones de implementación: planes del tipo «si pasa X, entonces haré Y». Por ejemplo: «Cuando llegue a la oficina, antes de abrir el correo, trabajaré 30 minutos en el informe». Un metaanálisis que reunió 94 pruebas independientes encontró que este tipo de planes tiene un efecto entre moderado y grande sobre el cumplimiento de objetivos (Gollwitzer y Sheeran, 2006).
4. Haz las interrupciones más difíciles
Si el estudio de Mark muestra que las interrupciones nos suben el estrés, tiene sentido ponerles barreras: silenciar notificaciones durante tus bloques de trabajo, dejar el móvil en otra habitación o avisar a quien conviva o trabaje contigo de que vas a estar concentrado durante una hora. No se trata de desconectarse del mundo, sino de elegir tú cuándo te conectas.
Para empezar hoy
No intentes cambiarlo todo a la vez (ya sabes lo que pensamos en este blog de los grandes propósitos). Elige una sola cosa: por ejemplo, la próxima vez que tengas que dejar algo a medias, escribe una línea con dónde te quedas y qué viene después. Es un gesto mínimo, pero es el primer paso para que tu atención deje de ir a trozos.
Este artículo es divulgativo y se basa en la investigación citada a continuación. Si notas dificultades de concentración persistentes que afectan a tu día a día, lo recomendable es consultarlo con un profesional de la salud.
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Bibliografía
- Gollwitzer, P. M. y Sheeran, P. (2006). Implementation intentions and goal achievement: A meta-analysis of effects and processes. Advances in Experimental Social Psychology, 38, 69–119. https://doi.org/10.1016/S0065-2601(06)38002-1
- Leroy, S. (2009). Why is it so hard to do my work? The challenge of attention residue when switching between work tasks. Organizational Behavior and Human Decision Processes, 109(2), 168–181. https://doi.org/10.1016/j.obhdp.2009.04.002
- Leroy, S. y Glomb, T. M. (2018). Tasks interrupted: How anticipating time pressure on resumption of an interrupted task causes attention residue and low performance on interrupting tasks and how a “ready-to-resume” plan mitigates the effects. Organization Science, 29(3), 380–397. https://doi.org/10.1287/orsc.2017.1184
- Mark, G., Gudith, D. y Klocke, U. (2008). The cost of interrupted work: More speed and stress. En Proceedings of the SIGCHI Conference on Human Factors in Computing Systems (CHI ’08) (pp. 107–110). ACM. https://doi.org/10.1145/1357054.1357072
- Rubinstein, J. S., Meyer, D. E. y Evans, J. E. (2001). Executive control of cognitive processes in task switching. Journal of Experimental Psychology: Human Perception and Performance, 27(4), 763–797. https://doi.org/10.1037/0096-1523.27.4.763




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